Raúl Álvarez, el nayarita que vivió el tsunami*

A diez años del terremoto subacuático, este es un repaso a los recuerdos del único nayarita que vivió de cerca la catástrofe ocurrida en 2004 en IndonesiaMalasia,Sri LankaIndia y Tailandia.

Reciente análisis de la ONU revela un total de 229.866 pérdidas humanas -186.983 muertos y 42.883 personas desaparecidas-. La experiencia vivida por Raúl Álvarez es un recordatorio que Nayarit también está a expensas de la naturaleza y que las medidas de seguridad nunca estarán de más.

Raúl, fue el único nayarita que presenció la desgracia tras el tsunami en Indonesia, en el epicentro. Estuvo ahí para ayudar a la reconstrucción de un país en desgracia, a cambio recibió invaluables lecciones de vida. Este es parte de su relato en 2005.

Cuando ocurrió el terremoto submarino, Raúl Arturo Álvarez, tenía 34 años, pertenecía a la brigada de Protección a la Infraestructura y Emergencia Hidrometeorológicas de la CNA; ahí su trabajo consistía en “bloquear” ríos, checar bordos y estar al tanto de la acumulación de agua de la presa de Aguamilpa. Es experto en manejo de plantas de bombeo, plantas potabilizadoras e instrumentos para desastres.

Antes, adquirió experiencia cuando el huracán “Paulina” en Guerrero y el Kenna en costas de Nayarit; complementado con trabajos de emergencia en Veracruz, Puebla y Sonora y en dos crecientes de Aguamilpa.

A partir que le avisaron por teléfono de su viaje, transcurrieron 30 minutos, en ese lapso tuvo sentimientos encontrados: por un lado la satisfacción y por otro cómo decirle a la familia que estaría fuera de casa casi tres meses, en un país desconocido y en desgracia.

–Lo más duro vino cuando lo compartí con mi esposa. No encontraba cómo darle la noticia. Su primer impulso fue abrazar a su hijo. Terminando de comer tuvo que hablar.  A partir de ese momento se preparó anímica y mentalmente para el viaje, mientras empacaba uniformes y algo que no es común: complementos alimenticios y siete libros, uno era la Biblia “los libros trabajaron en el barco” dijo convencido.

La travesía de los 50 mexicanos duró 122 días. Llevaban la misión de instruir en el manejo de plantas potabilizadoras que llevaban al país devastado por olas de 30 metro de altura. La decisión de Raúl la resumía en unas cuantas palabras: mi meta era regresar con los míos, y la motivación poder recibir ayuda cuando yo la llegue a necesitar. Desde ese momento se propuso no enfermarse, no fallar.

La salida fue el 15 de abril a las 16:00 horas, del puerto de Manzanillo, Colima, a bordo del barco Usumacinta de la Marina Nacional, junto con 29 compañeros. Otros veinte iban en el Zapoteco. La primera escala fue en Per Harbor, Hawaii; la segunda en la isla de Guam, luego el puerto de Belauan en Indonesia y el final del viaje fue el nueve de marzo frente a la bahía de Bandaceh.

En los más de 30 días del viaje de ida recibieron adiestramiento acerca del país al que visitarían

–Totalmente contrario al nuestro, por ejemplo: prohibido señalar a las personas, saludar con la mano izquierda y no tocar la cabeza, porque el castigo es la pena de muerte.

El idioma no fue problema, hablaban inglés. El día era una rutina: pase de lista a las ocho de la mañana; desayuno, “academias”  impartidas por elementos de la Marina, simulacros de incendio, vigilancia del buen estado del equipo que transportaban. A las doce la comida, pase de lista a las tres, a las cinco terminaban la instrucción, pase de lista a las seis de la tarde, y a dormir.

Resguardados por la ONU, llegaron a un país destruido que además tenía fuertes conflictos internos. De las cosas que impactaron a Raúl fue la presencia de guerrilleros que convivían con el desastre y los grupos de auxilio llegados de todo el mundo; también las miles de minas personales que el maremoto dispersó, y demasiadas víboras venenosas “Ahí se nos empezó a caer el velo con el que íbamos” comentó.

–Cuando vi el desastre me dieron ganas de llorar, comentó Raúl. Desde el helicóptero sólo se veía zona devastada, algunos cimientos, en el centro de la ciudad casas en pie pero bajo el agua, barcos en las calles, en las carreteras.

Por falta de garantías de seguridad para los rescatistas, se turnaron grupos para ser transportados desde el barco en  helicóptero a Bandaceh. El 9 de marzo Raúl bajó a tierra firme para instalar el campamento de México, a un lado del aeropuerto; su trabajo consistía en potabilizar agua y ayudar a transportar damnificados de una isla a otra; solo podían moverse en un radio de 500 metros y tenía prohibido tomar fotos.

Bajó acompañado de Guillermo y Astroberto, aquel que fuera noticia porque a los dos días de iniciar la travesía nació su hijo. –Lo primero que hizo la gente cuando nos vio fue abrazarnos, y nosotros dijimos ¿De qué se trata? porque nos dijeron que estaba prohibido.

Era tanta la necesidad que tenían de comunicarse con su familia que un día burlaron la vigilancia de la Armada y llegaron a las casetas telefónicas. No fueron más de tres minutos, solo para escuchar la voz de sus esposas, de los hijos; él alcanzó a decir: estoy bien, te quiero.

En medio de la desgracia Raúl conoció la satisfacción de identificarse con las y los indonesios en poco tiempo, en parte por la similitud de los rasgos físicos, en especial con Mariana, una mujer mayor, en parte por compartir los colores de la bandera –ellos tapaban el color verde y decían “samasagua” que significa igual. Hubo mucho entendimiento, con una sonrisa, una mirada o una reverencia sabíamos que había agradecimiento, y eso no tiene precio.

De las experiencias no gratas estuvo el enfrentar los miedos, los reducidos dormitorios; la disciplina militarizada, largos días sin tener noticias de México, la soledad que había que ahuyentar retroalimentando recuerdos con los compañeros, leyendo un libro o rezando.

Había momentos de enojo surgidos de insignificancias  “ahí aprende uno lo que es la tolerancia” comentó. Y por si todo eso no fuera suficiente, en parte del trayecto tuvieron que comer frijol, arroz y tortas debido a que la carne y el jamón se descompusieron ocasionando que 156 personas enfermaran con vómito y diarrea.

El momento más tenso para todos fue cuando, sentados en el comedor, nos dijeron que faltaría alimento y por el altavoz dieron la noticia de la muerte del Papa Juan Pablo II. –Todos quedamos en silencio. Otro momento crítico fue cuando a un compañero de Durango le informaron que su papá había muerto y además falló el barco. –Estuvimos parados en altamar un día.

Personalmente, los momentos más difíciles para el nayarita fueron no haber estado en el cumpleaños de su papá, su octavo aniversario de bodas y la celebración del 10 de mayo.

–Lo superé escribiendo y pidiéndole a mi esposa que no olvidara comprarle un pastel a su padre y que se leyera en la cubierta “te amo papá” y pidiendo a familiares que le compraran flores a mí esposa.

El regreso también les reservaba sorpresas. El 25 de marzo, un día antes que la ONU dejara de responsabilizare de la seguridad de cualquier extranjero en Indonesia. Aún faltaba por vivir la carencia de agua en el barco.

–La desalinizadora había fallado. La limitación era tal que había que bañarse y lavar la ropa interior con cuatro litros de agua, el extremo fue cuando el aseo personal era cada cinco días y con agua oliendo a  diesel.

Hubo que echar mano del ingenio para acumular líquido condensado en los tubos del aire acondicionado. –Esos momentos sirven mucho porque uno se llega a conocer, valora lo que deja y se valora uno mismo, comentó Raúl.

La última lección la recibe al llegar a Manzanillo cuando su hijo le dijo “voy a trabajar porque ya no quiero que te vayas tanto tiempo”. Esas palabras le hicieron recapacitar. –Fue muy gratificante la experiencia de ayudar de buena fe a gente que no conocía, pero de repente también tienes que pensar en ti mismo y en la familia.

A partir de esta experiencia Raúl adquiere otra conciencia de lo que significa un desastre natural y sabe que la prevención es la única defensa posible de salir bien librados.  “Los desastres lo veo con mucho respeto” dijo para concluir la entrevista. / *Entrevista realizada por Angélica Cureño/reportera, en 2005 y publicada en medios impresos de Nayarit

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